Daniel Cardona

El llanto de los terneros- Daniel Cardona

El llanto de los terneros- Daniel Cardona

“No hay señal de radio que entre en esta carretera olvidada por el olvido. Parece que le hubieran arrancado a pedazos los pocos vestigios de vida que le quedaban. Ni un árbol en pie, ni una rata agonizante en el camino, ni una estación de gasolina. Nada, una carretera desierta en la que vararse podría costarte la vida.
Tengo varias garrafas de agua en el maletero y comida enlatada en caso de que me falle esta carcacha. Son las provisiones necesarias para caminar hasta Santa Ana en caso de avería mecánica.
También llevo un pasajero en la parte de atrás.
Más adelante te hablaré de él.
Apago el CD. Me gustan los Pilots pero si escucho otra vez a Scott Weiland repitiendo las mismas canciones terminaré con el cerebro más frito que el suyo. Apretar el botón del stop me sienta bien. Un poco de silencio me ayuda a concentrarme en lo que he venido a hacer. No es la primera vez que me envían a este pueblo perdido, pero igual nunca voy a acostumbrarme. El trayecto es lo de menos, lo que sientes al pisar el suelo de Santa Ana no se lo deseo a nadie. Espera un poco y lo entenderás.
Aumento la velocidad, quiero llegar y salir de este lugar lo antes posible. El calor es insoportable, el sudor me baña los ojos y dificulta la visibilidad. Veo todo en forma difusa, como si un borrador de goma hubiera tratado de desaparecerlo todo, los árboles, las rocas, el asfalto.
A lo lejos veo una figura que se retuerce a la orilla de la carretera. Al principio parece un animal, pero al acercarme puedo ver que se trata de un ser humano, o lo que queda de él para ser exacto. Desacelero al avanzar. El tipo tiene las manos sobre su estómago y su camisa está ensangrentada. No luce nada bien y no parece estar fingiendo.
Mi cerebro procesa información a una velocidad endemoniada.
Mi yo humanitario me susurra al oído que debo socorrer al moribundo.
Mi yo calculador me susurra al derecho que esto es una trampa, que de bajarme del auto terminaré rodeado por una banda de asesinos que no dudarían un segundo en sacarme el corazón con tal de quedarse con mis provisiones.
Cuando las decisiones son de vida o muerte prima tu instinto de conservación. Acelero, tomo una botella de agua sin empezar y al pasar al lado del extraño se la lanzo lo más certeramente posible.
Tengo buena puntería y esta vez lo he vuelto a hacer. La botella cae justo al alcance de sus manos. Sé que esto no le va a salvar la vida pero a mí si puede mantenerme respirando. Miro por el retrovisor y solo alcanzo a ver un bulto difuminado por el aire ardiente que flota sobre el asfalto.
Te dije que llevo un pasajero en la parte de atrás. Es una chica de 24 años en avanzado estado de embarazo a quien tengo prohibido dirigirle la palabra.
La recogí en el lugar acordado a primera hora de la mañana, le entregué una bolsa llena de monedas de oro, le abrí la puerta trasera y le sonreí como se le sonríe a alguien que acaba de enterrar a un ser querido o a quien se le acaba de diagnosticar un tumor cerebral.
Ella no me devolvió la sonrisa, sabe a qué ha venido y ha aceptado las condiciones.
La suma que ha recibido le permitirá vivir sin preocupaciones por el resto de sus días.
Lo que está dispuesta a realizar a cambio del dinero acordado le puede costar su cordura.
Todas estas chicas tienen la misma mirada, la de alguien que sabe es demasiado tarde para dar marcha atrás. El viaje de ida a Santa Ana lo hacen con los ojos de los que están a punto de perder su tesoro más preciado. El de regreso lo hacen con el alma vacía”
Extracto del cuento “El llanto de los terneros”.

Gracias amigo lector por escoger esta obra.
Que la disfrutes.

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