Joaquin Estefania

Estos años barbaros- Joaquin Estefania

Estos años barbaros- Joaquin Estefania

Más pobres, más desiguales, más precarios, menos protegidos, más desconfiados, menos demócratas. Éste es el devastador balance que ha dejado la crisis económica en amplias zonas del mundo, en especial en el sur de Europa, convertido en el laboratorio mayor de los experimentos de la denominada ‘austeridad expansiva’. Una combinación tan desmesurada y tan desfavorable de elementos no se ha dado en la historia contemporánea más que en cuatro ocasiones: las dos guerras mundiales, la Gran Depresión y la Gran Recesión que empezó en el verano del año 2007.

La austeridad se extendió durante los años setenta del siglo pasado para combatir el consumismo desaforado, el despilfarro de los recursos naturales y un cambio climático del que entonces no se hablaba con la urgencia y preocupación de ahora. ¿En qué momento perdimos la batalla de esa austeridad generosa y progresista, y nos la cambiaron -como en un juego de manos de trileros- por la que se ha aplicado en los últimos años, que ha causado tantos sufrimientos y tanta desigualdad? La transferencia de poder y de riqueza de abajo arriba ha sido tan grande que ha vuelto a poner en cuestión la estabilidad del binomio entre democracia y capitalismo. Mientras la primera pierde calidad, el segundo es cada vez más fuerte y más opresor. El ciudadano piensa que la razón económica prevalece sobre la razón política. Esto no es lo que decía el contrato social que todos hemos asumido como ciudadanos.

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Revoluciones- Joaquin Estefania

Revoluciones- Joaquin Estefania

El último medio siglo (1968-2018) ha sido testigo de una generación que amaneció a la madurez con la alegría revolucionaria de Mayo del 68 y que se está jubilando en pleno vigor de una revolución conservadora y de los populismos de extrema derecha que amenazan con llevarse por delante muchas de las conquistas civilizatorias de este tiempo. Esa generación es la que ha mandado. Una generación que con sus aciertos, sus contradicciones, sus arrebatos de cólera (a veces ingenuos; a veces violentos; casi siempre justos) o su resignación ha tratado de cambiar el mundo, aunque no con la profundidad y la velocidad que previeron sus protagonistas, algunos de los cuales podrían decir: ‘Queríamos cambiar el mundo y el mundo nos ha cambiado a nosotros’. A cada año mágico revolucionario (1968: París, Praga, México; 1999: movimiento antiglobalización; 2011: los indignados) le ha sucedido una reacción (1979-1980: Thatcher y Reagan; 2011: los neocons; 2017: Trump) que ha pretendido siempre volver al statu quo anterior, a lo que creían un estado natural de las cosas, utilizando los principios de coerción y persuasión, el poder duro y el poder blando. Durante aquellos años mágicos, los jóvenes como categoría histórica han disputado a la clase obrera el monopolio del protagonismo redentor de los cambios que ésta tuvo durante el siglo xix y primera parte del xx. El sentido de la historia lo daba el progreso, pero el motor de la historia no ha sido sólo la lucha de clases, sino las ansias de un grupo transversal de ciudadanos que ha reivindicado su lugar en la política, la economía y la cultura.

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